Hay momentos en los que no nos pasa nada malo. La vida funciona. Las cosas avanzan. Todo parece estar en orden.
Y aun así, algo no está bien.
No es una tristeza clara ni una crisis evidente. Es más sutil. Más silencioso. Una sensación difícil de explicar, como si la vida estuviera ocurriendo, pero no del todo contigo.
Cumples, respondes, haces lo que toca. La agenda se llena y los días pasan. Pero por dentro todo se siente plano, apagado, distante. Y eso confunde, porque cuando “todo está bien”, se supone que deberías sentirte bien.
El vacío que no se nota
Este tipo de vacío no grita. No interrumpe. No se nota desde fuera.
Tiene trabajo, tiene rutinas, tiene responsabilidades. Incluso puede tener logros que otros admiran. Por eso cuesta tanto nombrarlo. Porque no encaja en ningún problema serio, visible o urgente.
Y aun así, aparece una frase que casi nadie se atreve a decir en voz alta:
Tengo todo… y no siento nada.
No se dice porque da culpa. Porque parece ingratitud. Porque uno mismo no entiende cómo es posible sentirse así cuando, en teoría, no falta nada y afuera la vida es un caos, las noticias relatan crisis financieras, hambrunas y otros desastres que solo aumentan la culpa.
No es falta de gratitud
Muchas personas se reprochan este estado. Se dicen que deberían estar agradecidas, motivadas, satisfechas. Que algo anda mal con ellas por no sentirse plenas.
Pero esto no tiene que ver con ingratitud.
Tiene que ver con desconexión.
Con vivir demasiado tiempo resolviendo, cumpliendo, avanzando sin pausa. Con habitar la vida solo desde la cabeza y dejar al cuerpo y a la emoción en segundo plano. Cuando eso pasa, el cuerpo sigue funcionando, pero algo interno se va apagando.
No porque esté roto. Sino porque no está siendo escuchado.
Hacer más no lo soluciona
La reacción habitual es intentar arreglarlo haciendo algo más: cambiar rutinas, proponerse nuevas metas, exigirse disciplina, buscar motivación. Como si el problema fuera falta de acción.
Pero este vacío no se llena sumando cosas.
Porque el problema no es que falte algo afuera.
Es que, poco a poco, te has ido dejando fuera a ti.
Y eso no se corrige con productividad ni con fuerza de voluntad.
Volver a sentir no es un logro
No se trata de sentirse increíble todo el tiempo. Ni de vivir emocionado o inspirado cada día. Se trata de algo mucho más sencillo y profundo: volver a estar.
Bajar el ruido interno.
Habitar lo que haces.
Elegir, aunque sea en lo cotidiano.
Cuando eso empieza a pasar, el cambio no hace ruido. No llega como una revelación. Llega como una sensación distinta: la vida deja de sentirse tan lejana, tan automática.
No es perfección.
Es presencia.
Y muchas veces, eso basta.
Si esto te resonó
Este texto no es una invitación a cambiar tu vida de golpe.
Es una pausa.
Una forma de mirar con honestidad eso que llevas tiempo sintiendo y evitando nombrar. Porque cuando algo se nombra, ya no se puede ignorar igual.
Seguir como estás es una opción.
También lo es detenerte y hacer algo distinto.
No para arreglarte, sino para escucharte.
Para ordenar el ruido.
Para volver a elegir con más claridad.
Ese es el trabajo que acompaño en los espacios de orientación 1:1 y que se desarrolla paso a paso en La Ciencia de manifestarte.
Si algo de lo que leíste se quedó contigo, no lo empujes ni lo apagues.
Hazle espacio.
Ahí suele empezar todo.






Deja una respuesta